
El HÉROE
La marca de la emboscada
Era un día nublado, pero no como cualquier otro, pues parecía que el sol brillante que salió en la mañana de aquel lunes 15 de abril de 1996 se ocultaba rápidamente a medida que pasaban las horas y llegaban las 5:45 de la tarde, cuando Wilson Andrés y sus compañeros del GRUPO DE CABALLERÍA MECANIZADO NO. 3 "GENERAL JOSÉ MARÍA CABAL", regresaban al municipio de Ipiales después de haber cumplido con éxito la misión de proteger el oleoducto transandino de Ecopetrol, en La antena cerca de Los Alisales, en zona rural del municipio de Puerres, departamento de Nariño.
Los cuarenta y cinco soldados -quienes en el año 1994 se integraron para prestar servicio militar- iban distribuidos en los 6 convoyes; riendo, conversando y celebrando, porque el 23 de mayo de ese mismo año, dejarían las filas del ejército nacional y retornarían al lado de sus seres queridos. “Los soldados con los que iba no hacían sino hablarme de los 20 días que les faltaban para terminar el servicio militar y regresar a sus casas”, relató el sargento sobreviviente, Hernán Albán Linares en una entrevista concedida al periódico El Tiempo, dos días después de que el fuego causado por los 5 kilos de dinamita que los frentes 29, 32 y 48 de las Farc, pusieron en baldes de plástico al lado y lado de la carretera, hicieran estallar la tubería del oleoducto Transandino incinerando cuatro de los seis vehículos Avir, ocasionando la tragedia “más dolorosa” para este departamento, pero en especial para el municipio de San Andrés de Tumaco, ya que la mayoría de los soldados provenían de allá.
“El pueblo se sumergió en una profunda tristeza por la muerte de los muchachos, en esa semana solo se escuchaba a las personas llorar, no se puso música, no hubo ningún tipo de celebraciones, todos nos unimos y acompañamos en este horrible hecho de violencia contra unos inocentes que lo único que querían era sacar adelante a sus familias” recuerda Mary Quiñones, prima del soldado fallecido, Wilson Andrés Palacios Martínez.
Es él una de las 31 víctimas mortales que dejó la emboscada realizada por 150 terroristas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.
Wilson fue un joven alegre, “en momentos de recocha le gustaba reírse mucho”. “Chapulín no merecía esa muerte tan trágica... Morir calcinado, ¡que injusticia, Dios mío!”, son las palabras de su tía Carmen Preciado y su prima Mary Quiñones al recordar esa etapa de sus vidas.
Para la familia del ex soldado Wilson o “Chapulín” como lo llamaron desde los ocho años, cuando se disfrazó del famoso personaje el día de Halloween, el 16 de abril fue una verdadera pesadilla al enterarse de que la misión encomendada al grupo de soldados no tuvo un final feliz, pues los primeros 4 de los 6 convoyes que retornaban con ellos y el armamento que recogieron en la base de los Alisales, fueron sorprendidos por los insurgentes con fusiles, ametralladoras, granadas de mano y cohetes; dejándolos indefensos y con nulas posibilidades de sobrevivir.
“Eran las 6 de la tarde del lunes y había mucha neblina en la carretera. Yo venía en el último carro, que no alcanzó a ser dinamitado. Desafortunadamente a mis compañeros que iban adelante ya los tenían cubiertos”, contó el sargento Albán en el mismo periódico. También relató que los soldados reaccionaron pero ya era tarde, los que iban en los vehículos de atrás alcanzaron a tirarse a una zanja, “No me remataron porque tenía la cabeza boca abajo y totalmente ensangrentada y ellos creían que estaba muerto”. “No recuerdo qué más pasó; quedé privado y resulté en un paraje lleno de maleza y cuando me di cuenta ya era de mañana”. Entre sus vagos recuerdos relucen las imágenes de los cuerpos sin vida de sus compañeros de combate, “Solo quedaron entre los hierros retorcidos de los camiones los cuerpos de los 30 soldados y un suboficial, en medio de una nube de pólvora”. Concluyó diciendo que después de que los guerrilleros se marcharon, un sobreviviente caminó toda la noche hasta encontrar la Cruz Roja de Ipiales, donde dio aviso.
Cuando llegaron los refuerzos había cuerpos carbonizados, había pedazos de fusil derretidos, carros convertidos en chatarra, había fuego y humo, y había sangre.
“Al enterarnos en las noticias teníamos la esperanza de que a mi sobrino lo nombraran en la lista de los heridos, pero desafortunadamente no fue así” dijo Carmen, a lo que Mary complementa: “lo que más me dolió y nos sacó lágrimas fue verlo en televisión que quedó completamente calcinado y con la cabeza colgando de un hilito. Venía sentado”.
El soldado de 17 años, se presentó en las filas del ejército en Tumaco a escondidas de sus abuelos y siendo menor de edad, fue enviado a la base del municipio de Ipiales en la que permaneció durante dos años, con el único propósito de tener su libreta militar, la cual le permitiría conseguir trabajo rápido para ayudar económicamente a sus abuelos maternos, quienes se convirtieron en sus padres desde que tenía 8 meses de edad. “Mi chapulín nació en Cali, pero se crió con nosotros acá en la vereda El Seibito, desde que Nidia, mi hija no pudo tenerlo más porque su situación económica no era buena”, relata con lucidez don Juan Segundo Martínez, abuelo de 90 años.
“yo tenía dos hijos más y él era el último, como no tenía dinero le pedí a mis papás que me ayudaran con él” expresa Nidia, entre lágrimas.
“Chapulín” siempre fue agradecido con sus abuelos Juan Martínez y Guadalupe Alvarado, quien falleció dos años después de la muerte de su nieto.
En la época del 90 ellos se mantenían de los cultivos de chocolate, plátano, guayaba y granadilla, que sacaban de su pequeña finca. También vivían en condiciones poco favorables, pues cocinaban con leña; en ese tiempo no tenían energía eléctrica y se alumbraban con unas lámparas que hacían en tarros de leche Klim, con unas mechas de trapos viejos las cuales prendían con petróleo.
“Wilson era un joven muy inquieto, activo, responsable y trabajador. Él le ayudaba a sus abuelos a trabajar las tierras de la finca y en su infancia extrañaba mucho a sus padres, quienes se olvidaron de él y nunca le dieron su apoyo” recuerda María, otra de sus primas.
Después de lo sucedido iniciaron las investigaciones por parte del ejército, para dar con las causas, los autores y cómplices de la masacre, arrojando como resultado que 58 días antes del ataque, un mayor retirado de esta institución, y posteriormente al servicio de Ecopetrol, alertó a la Base de Los Alisales acerca de movimientos extraños. La primera advertencia la hizo el 18 de febrero y la segunda el 8 de abril, una semana antes de la emboscada. Teniendo en cuenta lo anterior y sumándole que en la masacre se presentaron tres faltas contra el honor militar: abandono y resignación del mando, no prestar los auxilios requeridos cuando se tenía posibilidad de hacerlo, y no adoptar las medidas preventivas para el desplazamiento de la tropa por parte de los comandantes de la guarnición militar a su cargo; fueron acusados el coronel Alberto Moreno Sánchez, comandante del Grupo Mecanizado Cabal de Ipiales; el mayor Juan Rafael Lalinde Gómez, sub comandante; el capitán Ricardo Vásquez Ríos, comandante de la columna emboscada, y el subteniente Darío Ernesto Coral Lucero, a cuyo cargo se encontraba la base de Los Alisales.
En torno a esto, el gobierno colombiano en cabeza del ex presidente Ernesto Samper Pizano hizo indemnización a los familiares de las víctimas para “reparar” el dolor de sus pérdidas.
La familia del soldado Wilson también fue incluida, pero según una fuente familiar que quiso permanecer en el anonimato refirió que más se vieron beneficiadas las personas que nunca le ayudaron en su crianza como sus abuelos paternos José Luis Palacios y Regina Quiñones; al igual que sus progenitores, Nidia Martínez y Wilson Palacios.
Después de fallecido, Wilson Palacios logró cumplir el sueño de ayudarle a sus abuelos con la economía, aunque no les duró mucho tiempo, puesto que pocos años más tarde llegaron los grupos armados a invadir y hacer fechorías en la vereda; motivo por el cual su abuelo materno Juan Martínez fue desplazado de sus tierras. Actualmente vive en la ciudad de Cali, en la casa que compró su hija Nidia Martínez con el dinero que recibió por la muerte del ex combatiente.
Hoy, 21 años, 7 meses y 15 días después del lamentable hecho, sus familiares y amigos de la adolescencia recuerdan al “Chapulín” alegre, sencillo y responsable, que vive en sus corazones y en un retrato colgado en la pared de la sala de su tía Carmen. Al mismo tiempo su prima Mary Quiñones, se refiere -con la voz quebradiza y las lágrimas bañando sus ojos-, al proceso de paz llevado a cabo actualmente y a la firma del acuerdo con las Farc, sin estar completamente de acuerdo con él, doña Mary Quiñones piensa que “no hubo justicia para los perpetradores de la masacre”. Cree que 50 años de violencia no se olvidan fácilmente y aunque algunos sobrevivientes y familiares de víctimas hagan el intento de perdonar a los terroristas, las heridas siempre permanecerán marcadas en el alma.
Crónica escrita por: Vanessa Martínez.



